Relámpago

He encontrado en internet esta historia de un jóven habanero que trabajaba en el Central Tánamo e ilustra una tradición en Sagua olvidada, la de los caballos. Mi padre que era técnico agrónomo, tenía como gran aliado a los caballos que utilizaba para visitar las colonias de caña  para determinar cuáles debían ser cortadas y;  mi madre, que empezó siendo maestra rural después de graduarse en la Escuela Normal, tenía que llegar a lomo de un caballo a la escuelita donde daba clases despues de cruzar innumerables pasos de rio. En mi memoria está Santiago, el viejo jamaiquino que se encargaba de cuidar a los caballos en su casita de la bajada de la loma y las monturas de la talabartería de la calle Martí. Dice un amigo que fue a alfabetizar a Sagua que aun recuerda los caballos amarrados frente a la Fonda de mi tío Cipriano.
Autor Jorge Manuel García
En los años cuarenta y pico del siglo pasado, este joven habanero
trabajaba y vivía de soltero en un central azucarero llamado Tánamo
en la provincia de Oriente, la más occidental de la Isla de Cuba.
En aquel tiempo, adquirí un caballo de apenas tres años – un alazán,
semental que me lo vendió un afamado criador de caballos de Holguín.
El caballo fue transportado de Holguin a Antilla por tren y de ahí puesto en una barcaza contratada por Rubén, un amigo,para cruzar la Bahía de Nipe,demorando poco más de dos horas.

En el pequeño desembarque de Carenerito eramos cuatro esperando el arribo de barcaza, la que llegó algo tarde a las 5PM de un bello día, era Domingo de Resurrección recuerdo.
Al ver el caballo bastante agitado por el viaje y echando espuma por la boca, decidimos descansarlo un rato; allí había suficiente forraje y agua.Al cabo de dos ó tres horas, cuando se había ya calmado un poco, decidimos acomodarlo con gran cuidado en el carro
de línea que teníamos esperando.Tremendo trabajo nos costó para que no se dañara el caballo o alguno de nosotros.
Al fin nos pusimos en camino, cansados. En un par de horas, más o menos, llegamosa nuestro destino, eran las diez de la noche,allí desde hacia horas nos esperaba Henry,el jamaiquino caballericero para ayudarnos a descargar el caballo. Lo que logramos sin mayor problema, pues el equino, como nosotros, estaba también muy agotado.
De allí Henry lo condució al establo, en donde estuvo por algunos días antes de ponerle montura, para que se aclimatara.
El caballo ya venía de Holguín bautizado con el nombre de Relámpago con pedigrí certificando que era hijo legítimo de Príncipe IV y de Dulcínea a secas. Tal vez, el Príncipe tuvo un desliz con esa yegua.

Mi duda no se la conté al Padre Eugenio por temor a que se negara a bendecir al caballo, que tuvo lugar en el establo un domingo después de misa. Yo sólo le agregué mi apellido a Relámpago para que se sintiera como uno más en familia. Sólo había un perro de raza alemana
de mascota en la casa de una tía en La Habana llamada Frufrú, la bastarda, porque no tenía ningún apellido.

Yo me paseaba con Relámpago por el batey y los alrededores; de vez en cuando ibamos a Sagua, a diez kilometros de distancia. Algunos amigos me decían una y otra vez, ‘Ese caballo entero te va a matar uno de estos días – dáselo a Tomasito, para que le extirpe la envoltura”. Mientras tanto, el mismo Tomasito, quién era el uardajurado amigo mío, muy ducho y estudiado en la vida caballar, él me decía, ‘No hagas tal cosa, nunca va a ser el mismo caballo’. Al principio, confieso, a Relámpago le tenía bastante respeto (a eso que algunos le llaman miedo),pero a medida que lo fuí montando nos familiarizamos el uno con el otro.
Nunca me puse espuelas, válgame Dios; me parece que el caballo apreciaba que lo tratara como a un hermano.De los doce caballos en la caballeriza era él de todos el más joven, además del más apuesto; tenía a las yeguitas vecinas locas con sólo de verlo.Al parecer, le venía de familia.

Un domingo, a las siete de la mañana, junto con otros tres jefes del ingenio, nos fuímos a caballo a visitar por primera vez una colonia que uno de ellos había comprado. Estando allá bajando por un cañaveral – la caña estaba muy alta y nos tapaba la vista – el que iba al frente gritó ‘Cuidado, vuelvánse estamos al borde de un precipicio. Empezamos a subir de vuelta la loma apurados, cuando
observé que a medida que Relámpago iba hacia arriba con esfuerzo, mi montadura se deslizaba del lomo del caballo poco a poco; entonces cogí la crín del caballo para evitar caerme y fue ya en el tope
de la loma, ya sin montura, que me caí de cabeza y cuerpo entero a tierra.

Esa fue, sin lugar a dudas, mi primer encuentro con la muerte. Al mismo tiempo pude reconocer que fue Relámpago el que me salvó la vida. Tenía casi seis años cuando regalé el caballo al amigo
Tomasito, ya que sabía que él era la persona que cuidaría a Relámpago, como siempre lo había hecho yo,como si fuese el verdadero hermano que nunca tuve.

Jorge Manuel

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Comments
2 Responses to “Relámpago”
  1. José A. Hechavarria dice:

    Bello relato de historico valor de la forma de vivir en nuestra zona. Gracias.

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Check out what others are saying...
  1. […] en su memoria esta estampa que desapareció rapidamente. Todavía en esa época había una fuerte tradición del  uso de caballos y de muchos oficios asociados al mantenimiento de este medio de transporte. La yerba abundante de […]



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