Un habanero en Sagua continuación…….

René Cañizares con su traje de Alfabetizador frente a la Fonda de Cipriano

Hace unos días Raúl Cañizares recordaba en el Post “Un habanero en Sagua” el viaje que realizó a Sagua de Tánamo en 1961, acompañando a su madre, para visitar a sus dos hermanos que habían ido a alfabetizar en nuestro pueblo.  Su hermano René, protagonista de estos hechos, ha hecho un ejercicio fabuloso de memoria  retratando aquella “epopeya” de un habanero en Sagua de Tánamo.  De sus recuerdos surgen nombres de sagueros como Ena Sedano, el Dr Felicó, Cipriano, Angelito Miranda, Armengol Abreu,  Arcil Matos , entre otros y también imágenes entrañables de nuestro pueblo y de poblados como La Zarza y Castro.
Por René Cañizares
Me has obligado a ejecutar un ejercicio de memoria, que a decir verdad, a estas alturas, no es muy confiable que digamos y albergo el temor de que alguna laguna surja en lo que queda de mi gastada caja de neuronas y pueda afirmar algo que no sea rigurosamente cierto; no obstante me voy a tirar contra la gaveta donde guardo los borrosos recuerdos de la epopeya del tremendo año 1961 y me arriesgaré a tratar de exprimir lo que me queda de aquellos angustiosos y a la vez memorables recuerdos.
Para ponerme en contexto y ubicarme cronológicamente, debo recordarte que nuestro hermano Augusto y yo fuimos a parar, junto a una docena o poco más de Brigadistas habaneros, recuerdo a los hermanos Areces, conducidos por una Maestra voluntaria muy joven, siempre uno o dos años mayor que el mayor de aquel grupúsculo habanero, ¿se llamaba Loida? a finales de ese abril o primeros días de mayo, a La Zarza, una especie de barrio o cuartón compuesto por casas aisladas muy humildes, salvo excepciones, las que eran solamente humildes, girando en torno a un caserío en el que confluían el arroyo La Zarza y las laderas de una o dos lomas suaves y en aquellas casas fuimos repartidos en función de las necesidades aparecidas en el Censo de analfabetos hecho a inicios de aquel año.
En una de las casas del caserío o núcleo principal, vivió y alfabetizó nuestro socio Noel Nicola, y me consta que 20 años después, cuando en 1981 nos aparecimos en el lugar Augusto y yo de vacaciones, siendo ambos oficiales de las FAR, cumpliendo una promesa que era casi un pacto de caballeros, descubrimos, en la “Casa de Noel” que en una de las paredes de tabla de la sala había un cuadro con la carátula de uno de los primeros long playing de pasta del artista, claro que con su foto y su nombre con disco y todo, metido en un marco protegido por su correspondiente cristal.
El personaje más importante de los residentes en La Zarza, a mi modo de ver, era un sujeto llamado Blanco Suárez, que como la mayoría de los vecinos, tenía su cuartel general en la falda de una loma. Y lo de la importancia se la atribuyo a que me daba la impresión que por su prestigio, su carisma o sabe Dios por que causa, se me daba como que era el que mandaba en la zona o al que todos acudían a buscar orientaciones, consejos u opiniones y no precisamente por su posición económica ya que donde alfabetizó Augusto, es probable que hubiera más solvencia en dinero, tierras, animales y plantaciones.
Si te interesa el detalle, te puedo adelantar que la inmensa mayoría de los vecinos de La Zarza estaban emparentados de alguna manera, y no era para nada extraño que un padre fuera a la vez marido de su hija y a su vez el hijo surgido como resultado de los ejercicios sexuales practicados entre ambos, fuera simultáneamente, hijo y nieto de su papá, salvo Carmelita, un Haitiano solitario casi centenario, bruto como un arado, que malvivía en un apestoso vara en tierra que adornaba un realengo, y que el día que mejor se alimentaba, se comía un par de cañas moradas, un mapén salcochado con un jarro de pru o algo bien nutritivo del mismo corte.
El susodicho Carmelita afirmaba, para quien lograra entender el mordisqueado Patuá u otro dialecto del entorno que utilizaba para tratar de comunicarse, que él había viajado a Cuba a pié desde su país de origen y nadie lo desmentía.
A mí me tocó en mi estancia laboral como alfabetizador en La Zarza, la muy humildísima familia de Angelito Miranda quien con su mujer y par de vejigos, (todos dedicados a la recolección, no recuerdo que tuvieran sembrado nada de nada) que habitaban un rancho de yaguas y piso de tierra donde además recuerdo que al caer la noche, dormía la puerca debajo del fogón, pero me acogieron como un integrante más de la familia y me prodigaron todo tipo de atenciones y cuidados en las pocas semanas que mi maltrecha anatomía resistió aquellas condiciones, a la postre insoportables e interrumpidas abruptamente por una violenta conjuntivitis, (ceguera en el argot de la montaña) que me llevó primero a Naranjo Agrio, donde el boticario de la localidad que era el que monopolizaba la práctica médica en el lugar, sentenció que habría que llevarme de urgencia pal pueblo, (Sagua) en la avioneta de las emergencias, con una escala en Calabazas y ya en Sagua, probablemente en la dirección municipal de Educación, es donde aparece Ena Sedano, una funcionaria de la campaña de alfabetización, que era maestra rural, y se hace cargo de mandarme (prácticamente ciego y en solitario) pa La Habana vía guarandinga Sagua-Mayarí y en Mayarí con transferencia para un ómnibus interprovincial p’a la Capital a curarme, con el compromiso de ir personalmente a recogerme a La Habana tan pronto estuviera de alta, lo que ocurrió 15 días después, en que cumpliendo el compromiso, se apareció en casa con el boleto de regreso pa Sagua para ambos.
Al regreso a Sagua con la Sedano, en julio u agosto, fui a parar, reubicado, a un lugar precioso, en un recodo del río Castro del cual el caserio o cuartón toma su nombre y me asignaron a la casa de una familia holgada que, a pasar de que allí fue donde verdaderamente cumplí el grueso de mi tarea de enseñanza, de la que resultaron beneficados ambos adultos, ahora mismo no recuerdo sus nombres, salvo que a la mujer del jefe del nucleo familiar le llamábamos Chenda, probablemente por Rosenda. Ellos tenían dos o 3 hijos, no recuerdo exactamente que eran casi contemporáneos conmigo.
Resulta que en el hotel de Cipriano, que es así, con ese nombre, como lo conocí y no como La Fonda de Cipriano, que es como lo identifica el paisano cuyas letras me transcribes (estoy seguro que el equivocado soy yo) estuve hospedado con papá, quizás uno o dos días en ocasión de una visita relámpago que ambos hicimos al pobladito de Sagua, (lo más parecido a un pueblo de esos que nos metían por los ojos las películas de cow boys) claro que viniendo desde orígenes diferentes; él, que venía de la Habana a saber de nosotros y yo que probablemente ese mismo día había bajado de mi paraje de residencia remitido y acompañado por Ena Sedano, la maestra (casi madrina) responsable de los brigadistas en los cuartones de Castro y La Penda, que recuerdo me había llevado desde mi puesto de trabajo, en las márgenes del río Castro a lomo de caballo para la casa de ella y su familia en una ladera de la periferia pueblerina para, gracias a sus gestiones personales, llevarme a la consulta del Dr. Felicó quién decidió hacerme análisis clínicos en los laboratorios de la ONDI y de cuyos resultados, ni me acuerdo, aunque lo más probable es que tuviera Malaria o algo parecido, vaya usted a saber, pero nada grave ni que me impidiera regresar y culminar mi hermosa tarea de aprender, más que enseñar.
Del episodio puramente casual en que me reuní con papá en Sagua, que me encontró por pura casualidad, diría que de milagro para sorpresa de ambos (no se me va a borrar nunca la imagen del viejo, vestido de miliciano, con su pistolita colt 32 a la cintura y su boina negra o verde olivo, caminando por el centro de la calle principal, con unas mochila por equipaje y la sorpresa de lágrimas que nos envolvió en un abrazo interminable a ambos), que también recuerdo recogió en unas instantáneas “para la historia” un reportero de La Habana que también casualmente andaba por ahí y que prometió a papá que esas fotos inolvidables adornarían un foto reportaje que saldría publicado en Bohemia la semana siguiente. Te garantizo que aquel reportaje hecho por ese periodista, nunca fue publicado.
Recuerdo que el encuentro mío con papá se limitó al pueblito de Sagua y de ahí yo regresé con la Sedano a Castro, en tanto papá salió rumbo a La Zarza, vía Naranjo Agrio y pudo estar uno o dos días con nuestro hermano Augusto conociendo sus condiciones vida, de trabajo y subsistencia y a sus hospederos, para luego regresar a La Habana.
Según recuerdo, y de eso me enteré más tarde, ya a fines de diciembre, cuando terminada la Campaña de Alfabetización en todo el término municipal de Sagua de Tánamo concentraron a los Brigadistas que concluimos la tarea en ese territorio en una granja de pollos que había a la salida de Cueto, fue cuando me reencontré con Augusto, nuestro hermano, a quién no veía desde mi frustrada estancia en La Zarsa, y por él fue que me enteré que el viaje que hiciste a Sagua acompañando a mamá, se produjo a raíz del asesinato, a inicios de noviembre, en el Escambray, de Manuel Ascunce Domenech, el brigadista mártir, que provocó que le saliera la veta a nuestros padres y mamá, que rectoraba la alfabetización en la Granja Menelao Mora en Caimito del Guayabal, pidió una semana de licencia y partió contigo dispuesta a llevarnos de vuelta a casa, dando por terminada la riesgosa epopeya oriental para sus dos vástagos.
Tu pudiste ser testigo de que El Caña mayor, nuestro hermano Augusto, con quien enseguida pudieron contactar, que estaba terminando su faena en el mismo lugar donde la había comenzado meses antes, se plantó en 7 y ½ al arribo de ustedes a su finca y se negó a desertar, conminando a mamá a que, como yo era el enfermizo y el más pequeño de los dos, era el que debía ser rescatado por ella, que a su vez había podido comprobar, a pie de obra, lo bien, seguro y protegido que él se encontraba.
Claro que recuerdo que por aquellos días se dieron en toda la región oriental y muy en particular en la zona de Sagua de Tánamo, unos aguaceros enormes e interminables que provocaron peligrosas crecidas de arroyos y ríos, lo que aconsejaba renunciar a la idea de aparecerse en Castro a conminarme a la deserción, porque ello implicaba, necesariamente, llegar primero a Sagua desde La Zarza y más tarde, desde Sagua, aventurarse hacia Castro y ahí precisamente fue donde se les trabó el dominó a ustedes, para suerte de este mortal, que con sus 13 añitos a cuestas y a lo mejor 80 libras de peso con ropas y equipaje, probablemente habría estado a punto de rajarse ante tamaña tentación, en la que siempre habría tenido como atenuante el que mi madre me secuestró en contra de mi voluntad, lo que afortunadamente frustraron los aguaceros de aquel noviembre del 61, de manera que gracias a la coincidencia de los fenómenos meteorológicos y la conclusión de la licencia solicitada por mamá, éste tipo, al igual que ustedes, recibió en su momento, la Medalla de la Alfabetización, por haber concluido, a pesar de tantos obstáculos, la honrosa tarea.
Te debo digitalizar la foto (tengo primero que dar con ella) y a la pregunta que hace el paisano, acerca de si Junior alfabetizó en casa de Narciso Blanco o Narciso Suárez, la verdad es que no puedo precisarte nada al respecto.
Me suena el nombre de Armengol Abreu en la Zarza, pero nada más y en La Penda, paraje contiguo a Castro, recuerdo la casa de unas amistades de Ena Sedano a la que fui varias veces y en la que cargaba las pilas, me refiero a la casa de Angel Matos con su finca enorme, un palmar que se perdía en la distancia, puercos sueltos comiendo solamente palmiche y un maizal que no se acababa nunca, radio de pilas donde oían a Pardo LLada y refrigerador de gas (luz brillante), que desayunaban atol de maíz con yuca y huevos fritos y cuyo hijo, Arcil Matos, que era piloto de combate de la incipiente fuerza aérea rebelde, tuvo un accidente catastrófico en una avión del que salió vivo y cojo de puro milagro y que cuando le dieron de alta nos invitó a su boda en un enorme salón del hotel Sevilla.
Te prometo que cuando en un momento de lucidez futura, me vengan a la mente otros recuerdos adicionales de aquella epopeya, te los mando a vuelta de correos.

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2 Responses to “Un habanero en Sagua continuación…….”
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  1. […] capta y mantiene frescos, muchos de esos momentos. La mayor parte de nosotros no habíamos sido alfabetizadores, casi todos éramos hijos de profesionales y de la clase media, y la que pasamos de trabajo allá […]

  2. […] guardó por muchos años en una gaveta esta maravillosa estampa de nuestro pueblo.  En marzo nos contó sus recuerdos de la estancia en Sagua de Tánamo durante la Campaña de Alfabetización y ahora ha tenido la […]



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